– ¡Magnífico! ¿Dónde las ha encontrado usted?
– Las anoté hará cosa de dos años de boca de un maestro de canto, cuando yo aún era instructor en la montaña.
– ¡Este lenguaje es verdaderamente magnífico, las palabras salen directamente del corazón, sin la forzada prosodia de las pretendidas canciones folclóricas de cinco o siete pies!
– Tiene usted razón, son verdaderas canciones populares.
Su timidez ha desaparecido por completo bajo el efecto del aguardiente.
– ¡No han sido echadas a perder por los doctos! Son canciones que salen del alma. ¿Comprende eso? ¡Ha salvado usted una cultura! ¡No sólo las minorías étnicas, sino también la misma etnia han, poseen todavía una verdadera cultura popular, que no ha sufrido la contaminación de la moral confuciana!
Estoy en el colmo de la excitación.
– ¡No le falta a usted razón, pero cálmese, lea lo que sigue!
Lleno de buena disposición, ha abandonado esa modestia superficial de los pequeños funcionarios. Vuelve a coger decididamente el cuaderno y se pone a declamar los poemas, imitando a un maestro de canto en plena acción:
Tengo la impresión de estar viendo a otro hombre, de escuchar otra voz, de oír los gongs y los tambores. Sin embargo, afuera, no se percibe más que el rugido del viento y el murmullo del arroyuelo.
Tengo la impresión de oír la voz miserable y glacial de un anciano en la oscuridad, al compás de los redobles de tambor dados por el viento.
– Esto no es más que el canto introductorio, ¿qué es la Crónica de las tinieblas? -le pregunto dejando de deambular por la habitación.
Me explica que esta obra es una recopilación de cantos funerarios que eran cantados en los entierros, durante tres días y tres noches, antes de enterrar el féretro. Pero no se podían cantar a la ligera en otras circunstancias. Una vez cantados, se volvía tabú seguir cantándolos más. No había tomado nota más que de una pequeña parte de ellos, sin imaginar que el viejo maestro de canto caería enfermo y desaparecería.
– ¿Por qué no tomó nota de todos en su momento?
– El anciano se encontraba muy enfermo. Estaba postrado en una pequeña cama cubierto de mantas -explica como si hubiera cometido un error. Ha recobrado su aire de gran humildad.
– ¿No existe nadie más que pueda cantar estos cantos en las montañas?
– Queda aún gente que conoce el comienzo, pero nadie ya que los cante por entero.
También conoce a un viejo maestro que posee un arca metálica llena de colecciones de cantos, entre los que figura la Crónica de las tinieblas. En la época en que se inventariaban los libros antiguos, esta Crónica de las tinieblas fue considerada como un ejemplo típico de superstición reaccionaria. El anciano había enterrado el arca. Al desenterrarla varios meses después, vio que los libros se habían enmohecido. Los puso a secar en su patio, pero alguien le denunció. Enviaron a un agente de policía para obligarle a entregárselo todo a los oficiales. Y poco después, falleció.
– ¿Dónde se venera aún a las almas? ¿Dónde pueden encontrarse aún cantos que la gente escuche con extrema atención, sentada en calma e incluso prosternada hacia el sol? ¡Ya no se venera lo que es debido, ya no se veneran más que cosas extrañas! ¡Qué nación sin alma! ¡Una nación que ha perdido su alma!
La indignación me pone furioso.
Comprendo que debo de haber bebido demasiado, viendo la cara que él pone ante mi expresión trágica.
Por la mañana, un jeep se para delante del edificio. Acaban de avisarme de que los jefes y mandos de la zona forestal han convocado una reunión en mi honor, para darme cuenta de sus trabajos, cosa que me hace sentir una gran incomodidad. En la cabeza de distrito, he debido pronunciar, bajo la influencia del aguardiente, algunas palabras que les han hecho creer que he venido de inspección de la capital. Sin duda se imaginan que podré transmitir sus quejas a sus superiores. El coche está aparcado en la puerta, imposible escurrir el bulto.