– Me habló de ti. ¿No sabías eso, cierto? Me contó que ni siquiera puedes hablar con una mujer, que eres un cobarde. Él tenía que encontrarlas para ti.

– Mientes.

– Tú no significabas nada para él. Eras sólo un parásito. Un gusano.

– Mientes.

La hoja se hundió en su piel, y aunque luchaba contra ello, un alarido escapó de su garganta. «No ganarás, bastardo. Porque ya no te tengo miedo. Ya no le tengo miedo a nada».

Ella observó con los ojos ardientes, con la mirada desafiante de los condenados, mientras él efectuaba el siguiente corte.



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