También es verdad –se rieron a su alrededor.
¿Y un elefante, qué? –volvió a sonar la voz–. Un elefante sólo puede vivir en países cálidos. Que intente vivir en nuestro Sary-Ozeki en invierno. Tu elefante hasta perdería las pezuñas, ¿cómo compararlo con Karanar?
–Oye, Yediguéi, escucha, Burani, ¿por qué no le construyes a Karanarun palanquín como el que ponen en la India sobre los elefantes? ¡Cabalgarías como un ricacho de los de por allá!
Yediguéi se rió. Los amigos bromeaban con él, pero de todos modos era halagador escuchar aquellas palabras sobre su famoso semental...
En cambio, también aquel invierno le cayeron preocupaciones, tuvo que sufrir y pasar angustias por culpa de Karanar...
Pero eso sucedió ya con los fríos. Aquel día le pilló de camino la primera nevada. Hasta entonces había caído varias veces alguna nieve que se derretía inmediatamente. Pero entonces empezó a nevar, ¡y de qué manera! El cielo se cerró sobre Sary-Ozeki en compacta oscUridad, el viento empezó a arremolinarse. La nieve caía densa y pesada en forma de blancos y revoloteantes copos. No se sentía mUcho frío pero sí humedad y malestar. Y lo peor era que no se distinguía nada en derredor por culpa de la nieve. ¿Qué hacer? En Sary-Ozeki no hay refUgios donde esperar que pase el mal tiempo. Sólo quedaba una solución, confiar en la fUerza y en el instinto de Burani Karanar. Él debía llevarle a casa. Yediguéi dejó al semental en completa libertad de acción, mientras se subía el cuello de la chaqueta, se encasquetaba la gorra, se tapaba con la capucha y permanecía montado con paciencia, procUrando vanamente distinguir algo a su alrededor. Una impenetrable cortina de nieve y nada más... En medio de aquel torbellino, Karanarcaminaba sin aminorar el paso, comprendiendo seguramente que su amo ya no era en aquel momento su amo, puesto que se había callado y se quedaba quieto en las alforjas sin dejar sentir de ninguna manera su presencia. Grande tenía que ser la fuerza de Karanarpara correr por la estepa tan cargado y bajo la nevada. Respiraba poderosa y ardorosamente, llevando sobre ,sí a su amo, y chillaba y bramaba como una fiera, o lanzaba a veces un largo zumbido sin dejar de caminar incansable e imparablemente a través de la nieve que acudía volando a su encuentro...
No es difícil decir que a Yediguéi le pareció demasiado largo aquel camino. «¡Ojalá llegara pronto!», pensaba, y se imaginaba presentándose en casa, donde sin duda estarían intranquilos, preguntándose qué habría sido de él con aquel mal tiempo. Ukubala estaría inquieta por él, sólo que no lo diría en voz alta. No era de las que exponían todo lo que llevaban en el pensamiento. Quizá también Zaripa pensara qué le había sucedido. Naturalmente, lo pensaría. Pero ésta, con mayor motivo, no diría una palabra. Ahora, procuraba aparecer ante su vista lo menos posible y evitaba cualquier tipo de conversación a solas. ¿Y qué tenía que evitar? ¿Qué cosa tan mala había sucedido? Ni con palabras ni actos había dado motivo él, Yediguéi, para que alguien pudiera pensar que allí había algo raro. Todo seguía como antes. Simplemente, ellos, compaueros de viaje en la vida, habían mirado en cierto modo a su alrededor para cerciorarse de que seguían el buen camino... Y de nuevo se habían puesto en marcha. Eso era todo. Y lo que tuviera que pasar él con ello, ése era su problema... Era su destino; al nacer, seguramente ya llevaba escrito que estaba condenado a desgarrarse entre dos fuegos. Y que esto no inquietara a nadie, era su problema cómo comportarse consigo mismo, con su alma tan sufrida. ¡A quién le importaba lo que le pasara a él ni lo que le aguardara en el futuro! No era un chiquillo, de alguna manera saldría adelante, rompería el estrecho nudo que por su propia culpa se estrechaba cada vez con más fuerza...
Eran pensamientos terribles, dolorosos, sin solución. El invierno había llegado ya a Sary-Ozeki y él continuaba sin poder olvidar a Zaripa, ni renunciar, aunque fuera sólo mentalmente, a Ukubala. Para su desgracia, las necesitaba a las dos a la vez, y ellas, seguramente, viéndolo y sabiéndolo, no intentaban precipitar los acontecimientos para así ayudarle a que se definiera cuanto antes. Aparentemente, todo seguía igual: las relaciones entre ambas mujeres eran buenas, los críos de ambas casas crecían juntos como si fueran de una misma familia, sus hijos jugaban continuamente juntos en el apartadero, ora en una casa ora en la otra... Así había pasado el verano, así se dejaba atrás el otoño...
Burani Yediguéi se sentía huérfano y desamparado en su soledad bajo la nevada. Todo blanco y desierto a su alrededor. Karanarse sacudía continuamente los pegotes de nieve de la cabeza y rompía el silencio con rugidos y chillidos. Mal lo pasó su amo en aquel camino. Yediguéi no podía hacer nada, de ninguna manera conseguía tranquilizarse, tomar una decisión indiscutible e inapelable. No podía sincerarse plenamente ante Zaripa; tampoco podía renunciar a Ukubala. Y entonces empezó a increparse con las palabras más duras: «¡Bestia! ¡Estás en celo como tu camello! ¡Canalla! ¡Perro! ¡Cabeza loca!», y otras cosas por el estilo que, mezcladas con palabrotas, le sirvieron para fustigarse, atemorizarse y humillarse, para serenarse y volver en sí, reflexionar, detenerse... Pero nada servía... Él era como el deslizamiento de un terreno que ya se ha puesto en marcha... La única barrera que encontraría eran los niños. Ellos le aceptaban como era y no le planteaban problemas especiales. Para ellos estaba siempre dispuesto, con gran placer, a ayudarlos en lo que fuera, trasladar o arreglar lo que fuera de la casa, como por ejemplo ahora, que les llevaba patatas para el invierno en dos enormes sacos cargados como alforjas en Karanar. El combustible también estaba ya almacenado...
El pensamiento de los niños era el refugio de Yediguéi, allí se encontraba plenamente de acuerdo consigo mismo. Imaginaba que llegaba a Boranly-Buránny, que los niños salían corriendo de la casa al oírle llegar, sin que fuera posible hacerlos retroceder aunque nevara, y saltaban a su alrededor lanzando gritos: «¡Ha llegado tío Yediguéi! ¡Con Karanar! ¡Ha traído patatas!», y que con rigor y autoridad ordenaba al camello que se tendiera en tierra y él entonces, cubierto de nieve, bajaba sacudiéndose y encontrando el modo de acariciar de pasada las cabezas de los niños, y que luego empezaba a descargar los sacos de patatas, mirando si aparecía Zaripa por allí, caso de estar en casa, aunque él no le diría nada especial, ni ella a él: se limitaría a mirarla a la cara y con ello estaría contento, y de nuevo se sentiría mal, se afligiría, sin saber cómo salir del atolladero, pero los niños darían vueltas a su alrededor, tropezarían con sus piernas acercándosele temerosos una y otra vez, asustados por el bramido del camello, y luego, superando el temor, intentarían ayudarle, y eso le recompensaría a él por todos los sufrimientos...
Se preparaba interiormente para el pronto encuentro con los hijos de Abutalip, y pensaba por anticipado qué les contaría esta vez a sus, como él decía, insaciables oyentes. ¿Les hablaría de nuevo sobre el mar de Aral? Los relatos preferidos eran los de casos sucedidos en el mar, que ellos complementaban después haciendo que participara en ellos su padre, continuando así, sin darse cuenta, su relación con él, con su memoria... Claro que todo cuanto Yediguéi sabía o había oído de la vida marinera ya se había agotado, ya se había contado y repetido muchas veces, excepto quizá la historia del mekre de oro. ¿Cómo contar aquella historia? ¿A quién explicarla sino a sí mismo, que conocía el valor de aquel lejano acontecimiento? Así iba recorriendo el camino aquel día de nevada. No le abandonaron en todo el trayecto ni las dudas ni las reflexiones... Y estuvo nevando todo el camino...