Pero incluso de lejos me di cuenta de que el amarradero estaba vacío y de que el barco había desaparecido.

21

El humor de Renata se ensombreció mientras subíamos la rampa que conducía a la jefatura del puerto, cuyas oficinas estaban encima de un detallista de recambios, accesorios y objetos náuticos. Medio esperaba que a Renata le diese un ataque, pero guardaba un notable silencio. Esperó en una pequeña terraza de madera situada en el exterior mientras yo daba las explicaciones pertinentes al funcionario de turno. Puesto que no éramos propietarias legales del barco desaparecido y no había manera de demostrar que se lo había llevado el mismo Eckert, fue poco lo que se pudo hacer. El funcionario tomó nota de la información que le di, aunque más para calmarme que para otra cosa. Sólo cuando se presentara Eckert, y en el caso de que se presentase, levantaría un atestado. A continuación, el jefe de puerto daría parte a la Guardia Costera y a la policía local. Le di mi nombre y mi teléfono y le pedí que si tenían noticias de Eckert que por favor le dijeran que me llamase.

Renata me siguió escaleras abajo y no quiso entrar conmigo en el club náutico, que estaba al lado mismo. Tenía la esperanza de que alguien pudiera decirme adónde había ido Eckert. Crucé las puertas de vidrio, subí las escaleras y me detuve ante la entrada del comedor. Desde la terraza del primer piso, Renata, que se había sentado en el murete de hormigón que perfilaba el rompeolas, parecía agotada. A su espalda, el océano rugía monótonamente y el viento le azotaba el pelo. En la playa un perdiguero de pelo amarillento cargaba contra el oleaje en pos de las palomas, mientras, las gaviotas sobrevolaban al perro trazando círculos y gritando de alegría.

En el comedor no había más que el camarero de la barra y un sujeto que pasaba el aspirador por la moqueta. También aquí dejé mi nombre y mi teléfono, y pedí al camarero que, por favor, si aparecía Carl Eckert, le dijera que me llamase.

Mientras volvíamos al coche, Renata me miró con una sonrisa amarga.

– ¿Qué es lo que te hace gracia? -pregunté.

– Nada. Estaba pensando en Wendell. Tiene una suerte bárbara. Aún pasarán varias horas antes de que empiecen a buscarlo.

– Contra eso no podemos hacer nada. Siempre cabe la posibilidad de que dé señales de vida -dije-. En realidad, tampoco podemos afirmar categóricamente que se haya marchado. Diablos, es que ni siquiera podemos demostrar que se haya llevado el barco.

– Lo conozco mucho mejor que tú. De un modo u otro, siempre acaba robando a todo el mundo.

Recorrimos el aparcamiento en busca del Jeep de Renata, pero no lo vimos por ninguna parte. Volvimos al bufete, recogí el VW y puse rumbo a Colgate. Pasé dos horas infernales viendo cómo me cambiaban la ventanilla trasera. Mientras tanto, me senté en la salita de espera sorbiendo un pésimo café que daban gratis en tazas de plástico y hojeando números atrasados de Autopistas de Arizona. Esta última operación sólo duró cuatro minutos. Salí del edificio y, según la costumbre que había adquirido últimamente, fui a la cabina telefónica del aparcamiento para aprovechar el tiempo. En cuanto me acostumbrase, podría prescindir incluso del despacho.

Llamé al teniente Whiteside, de Fraudes y Estafas, y le puse al día.

– Creo que ya es hora de publicar en la prensa la foto de esta gente -dijo-. Me pondré en contacto también con la televisión local y veré lo que pueden hacer por nosotros. Quiero que el público sepa que estos sujetos están aquí. Seguro que alguien los delata.

– Esperémoslo.

En cuanto estuvo instalada la ventanilla trasera del coche, volví al despacho, donde pasé los siguientes noventa minutos. Quería estar cerca del teléfono por si llamaba Eckert. Telefoneé a Mac en el ínterin y le informé de lo sucedido. Nada más colgar sonó el aparato.

– Investigaciones Kinsey Millhone. Kinsey Millhone.

Hubo unos segundos de silencio y una voz femenina que decía:

– Ah, creía que era un contestador automático.

– No, soy yo. ¿Y usted?

– Tu prima Tasha Howard, de San Francisco.

– Ah, sí, Tasha. Liza me habló de ti. ¿Cómo estás? -dije. Mentalmente había empezado a tamborilear con los dedos para darle ánimos y que dejase la línea libre por si llamaba Wendell.

– Bien -dijo-. Es que ha ocurrido una cosa y he pensado que a lo mejor te interesaba. Acabo de hablar con el abogado de Grand, ahí en Lompoc. La casa donde vivieron nuestras madres ha de ser trasladada o derribada. Grand lleva peleando con el Ayuntamiento desde hace meses y en teoría tienen que darnos pronto una respuesta en un sentido o en otro. Grand quiere que se conserve y que la declaren monumento histórico. La estructura original es de principios de siglo. Lleva años sin habitar, pero podría restaurarse. Grand posee un terreno al que podría trasladarse el edificio si el Ayuntamiento accede. En cualquier caso, he pensado que a lo mejor querías ver la casa otra vez, ya que estuviste allí de pequeña.

– ¿Yo?

– Claro. ¿No te acuerdas ya? Tía Gin, tus padres y tú estuvisteis allí mientras Burt y Grand estaban haciendo un crucero para celebrar su cuadragésimo segundo aniversario. El crucero tenía que conmemorar el cuadragésimo, pero tardaron dos años en organizado. Todas las primas estuvimos jugando juntas y tú te caíste del tobogán y te hiciste un corte en la rodilla. Yo tenía siete años, o sea que tú tendrías alrededor de cuatro, me parece. Puede que fueras mayor, pero recuerdo que aún no ibas a la escuela. No puedo creer que no te acuerdes. Tía Rita nos enseñó a prepararnos bocadillos de mantequilla de cacahuete con pepinillos en vinagre y desde entonces no puedo prescindir de ellos. Todas creíamos que ibais a volver al cabo de dos meses. Todo estaba preparado para cuando regresaran Burt y Grand.

– Mis padres se quedaron por el camino -dije mientras pensaba que ni siquiera los bocadillos de mantequilla de cacahuete con pepinillos en vinagre me pertenecían ya en exclusiva.

– Ya -dijo-. Bueno, pensé que si veías la casa, se te refrescaría la memoria. Tengo que ir a Lompoc por asuntos profesionales y me gustaría pasar por ahí para recogerte.

– ¿A qué te dedicas?

– Trabajo en una notaría. Certifico testamentos, contratos inmobiliarios, fideicomisos y cosas relacionadas con los impuestos. La firma tiene la central aquí y una sucursal en Lompoc, por eso voy y vengo continuamente. ¿Tienes mucho que hacer estos días? ¿Puedes tomarte algún tiempo libre?

– Déjame pensarlo. Te lo agradezco, pero ahora mismo estoy muy liada con un caso. ¿Por qué no sigues adelante con tus planes y me das la dirección? Si tuviese un momento libre, iría para echarle un vistazo a la casa, y si no… pues qué le vamos a hacer.

– Bueno, qué remedio -dijo sin entusiasmo-. La verdad es que quería verte. A Liza no acabó de gustarle su forma de plantearte la situación y pensó que a lo mejor podía convencerte yo.

– Si no es eso mujer. Liza se comportó estupendamente -dije. Quería guardar las distancias y estoy segura de que se dio cuenta. Me dio la dirección y unas cuantas indicaciones, que apunté en un papel. Tuve que reprimir el imperioso deseo de tirarlo a la basura. Me puse a emitir locuciones e interjecciones de despedida con ese tono desenvuelto que, traducido al lenguaje humano, viene a decir: bueno, bueno, mucho gusto y ya sabes, a mandar.

– No quisiera que te enfadaras -dijo Tasha-, pero me da la impresión de que en el fondo no te interesa estrechar los vínculos familiares.

– No me lo tomo a mal -dije-. Lo que pasa es que estoy asimilando todavía la información. En realidad no sé aún lo que quiero.

– ¿Le guardas rencor a Grand?

– Desde luego que sí. ¿Por qué no tendría que guardárselo? Se desentendió totalmente de mi madre. Y estuvo de morros con ella veinte años.


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